Huellas de viaje

Viajar después de los 50: cuando el viaje deja de ser una carrera

Hay una edad en la que empezamos a viajar de otra manera y no sé exactamente cuándo ocurre.

Tal vez no sea a los 50, tal vez suceda un poco antes o un poco después, pero llega un momento en que dejamos de sentir que tenemos que conocerlo todo, verlo todo y aprovechar cada minuto.

Y entonces descubrimos algo maravilloso: viajar también puede ser no tener apuro.

Durante muchos años viajamos con una lista: el museo que hay que visitar, la excursión que no podemos perdernos, el restaurante recomendado, la fotografía que tenemos que sacar, la ciudad siguiente que nos espera.

Queremos aprovechar cada día porque sabemos que probablemente no volvamos.

Pero creo yo que hay un momento en nuestras vidas que algo empieza a cambiar y que ya no necesitamos demostrarle a nadie cuántos países conocemos, ni importa tanto cuántos lugares podemos tachar de un mapa, ya que después de tantos años y tanto viajes hemos aprendido a elegir.

Quizás antes elegíamos un hotel porque estaba cerca de todo pero ahora también queremos que sea lindo.

Queremos una buena cama, un desayuno tranquilo, una piscina, quizás un spa, pero también queremos abrir la ventana y que nos guste lo que vemos.

Y esto no es porque nos hayamos vuelto más exigentes sino porque finalmente entendimos que el tiempo también es parte del viaje y queremos disfrutarlo.

Contemplar un lugar, sentarse frente al mar, tomar un café mirando pasar la gente, detenerse en una ruta porque el paisaje nos obligó a parar, quedarnos un rato más en un pueblo que no estaba en el itinerario.

Antes quizás hubiéramos pensado que estábamos perdiendo tiempo pero hoy sabemos que eso también es viajar.

Cuando somos jóvenes, viajamos para sumar experiencias pero después de los 50 lo hacemos llevando con nosotros todo lo que ya vivimos y quizás esa sea una de las grandes libertades: ya no tenemos que viajar como se supone que deberíamos viajar porque entendimos que podemos hacerlo a nuestra manera.

En mi caso ya no busco solamente las grandes ciudades y me atraen los pequeños pueblos, los caminos, los paisajes, los hoteles con historia, los mercados, los parques nacionales, las rutas escénicas.

Quiero conocer, pero también quiero sentir, por eso muchas veces el destino importa pero la experiencia importa mucho más.

Lo cierto es que con los años he comprendido una de las razones más importantes para seguir viajando: el momento es ahora.

Y esto ha sucedido al entender que siempre habrá una razón para postergar: el trabajo, la casa, los hijos, los compromisos, el dinero, el año que viene.

Pero llega un momento en que entendemos que el futuro no viene con garantías y es entonces cuando empezamos a mirar los viajes de otra manera y no como un premio que nos vamos a dar algún día, sino como parte de la vida que queremos vivir.

Porque después de los 50 todavía quedan muchísimos caminos por recorrer, muchos trenes que tomar, rutas que descubrir, mares que cruzar, pueblos donde perdernos, hoteles donde despertar y paisajes que todavía no sabemos que nos van a emocionar.

Y quizás esa sea la mejor parte, no haberlo visto todo.

Después de los 50 no viajamos porque nos quede menos tiempo. Viajamos porque aprendimos que el tiempo que tenemos merece ser vivido de verdad

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