El coraje de cruzar nuestros propios límites
Creo yo que hay viajes que comienzan mucho antes de hacer una valija y que empiezan el día en que decidimos hacer algo que nos da miedo.
Porque viajar, en cierta manera, también es un acto de coraje.
Es salir de lo conocido, dejar por unos días aquello que controlamos y animarnos a avanzar hacia un lugar del que todavía no sabemos demasiado.
Y tal vez por eso los viajes tienen tanto poder para transformarnos.
Hace tiempo entendí que el coraje es, muchas veces, el precio que la vida nos pide a cambio de paz y no siempre queremos aceptarlo.
Preferimos seguir por el camino conocido, incluso cuando sabemos que ya no nos hace bien, y postergamos esa conversación, no ponemos ese límite, seguimos sosteniendo aquello que pesa y nos quedamos en lugares que ya no nos representan simplemente porque tenemos miedo de lo que habrá después.
Y mientras tanto creemos que algún día llegará la tranquilidad, pero quizás la paz no esté al final de un camino fácil sino justamente del otro lado de aquello que hoy nos cuesta atravesar.
El miedo también forma parte del viaje
A veces pensamos que para ser valientes primero tenemos que dejar de tener miedo pero el coraje no consiste en no sentir miedo sino en avanzar a pesar de sentirlo.
Me pasó muchas veces viajando estar frente a una ruta que no conocía, llegar a un lugar completamente diferente, subir a un avión hacia un destino lejano, manejar por una carretera que nunca había recorrido, no saber exactamente cómo sería aquello que estaba por comenzar y descubrir después que muchas de las mejores experiencias fueron precisamente aquellas que empezaron con un poco de incertidumbre.
Tal vez con la vida ocurra lo mismo y no necesitemos tener todas las respuestas para dar el primer paso sino solamente el valor suficiente para darlo.
Atravesar para volver a encontrarnos
Nadie llega a la otra orilla sin atravesar primero sus propias aguas y no siempre podemos evitar las tormentas, pero podemos aprender a atravesarlas.
Quizás de eso se trate el coraje.
De mirar aquello que durante tanto tiempo evitamos, de dejar de escapar, de aceptar que algunas puertas tienen que cerrarse para que otras puedan abrirse y de comprender que soltar no siempre significa perder.
A veces significa recuperar nuestra libertad, nuestra tranquilidad, nuestra alegría, nuestra propia voz.
Por eso, si alguna vez sentís que estás frente a una frontera que te da miedo cruzar, quizás no tengas que preguntarte solamente qué puede salir mal sino ¿Qué podría encontrar del otro lado?
Porque podría haber un paisaje que todavía no conocés, un camino nuevo, una versión diferente de vos o simplemente esa paz que durante tanto tiempo estuviste buscando.
Porque hay fronteras que se cruzan con un pasaporte y hay otras que solamente se pueden cruzar con coraje.
Y quizás sean estas últimas las que más han transformado mis viajes.