Viajé a la isla con amigas en 2021, poco tiempo después de que el paso del devastador huracán Hurricane Iota dejara una profunda huella en el archipiélago.
Al llegar, todavía podían verse construcciones dañadas, techos destruidos y numerosos trabajos de reconstrucción en marcha y algunas zonas mostraban claramente las heridas que había dejado la fuerza de la naturaleza.
Sin embargo, más allá de esos daños visibles, San Andrés conservaba intacta su esencia y el color de su mar.

Había visto fotografías innumerables veces, pero ninguna imagen logra transmitir lo que se siente al observar ese mar por primera vez.
Los tonos cambian constantemente entre turquesas, verdes, azules intensos y transparencias casi imposibles de describir y dependiendo de la hora del día, la profundidad y la posición del sol, el agua parece transformarse frente a los ojos.
No es casual que muchos la llamen «el mar de los siete colores», porque es uno de esos lugares donde uno se queda mirando el horizonte sin necesidad de hacer nada más.
Recuerdo de ese viaje las largas caminatas, momentos de conversación con amigas y esa sensación de estar en un lugar privilegiado de la naturaleza.
Lo que más me llamó la atención fue la resiliencia de sus habitantes porque lejos de transmitir tristeza, la isla mostraba una enorme voluntad de seguir adelante.
Había movimiento, proyectos y una energía positiva que demostraba que San Andrés no estaba derrotada, sino recuperándose.
Viajar también es comprender que detrás de cada destino existen historias humanas que muchas veces desconocemos.
Han pasado algunos años desde aquella visita pero todavía recuerdo el impacto de aquel mar azul imposible, las risas compartidas y la sensación de estar contemplando uno de los paisajes más bellos del Caribe.


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