La Opera de Sydney, símbolo de Australia

La Sydney Opera House es uno de esos lugares que no se agotan nunca y por más veces que uno la vea, siempre produce algo nuevo.

Una sensación, un silencio interno, una especie de pausa que aparece incluso en medio del movimiento de la ciudad.

La primera impresión suele ser visual, casi inmediata.

Sus velas blancas elevándose sobre el agua reflejando la luz del puerto, como si estuvieran a punto de moverse con el viento.

Pero con el tiempo, esa imagen deja de ser solo arquitectura y se convierte en presencia, porque la Opera House no se mira únicamente desde afuera.

Cada vez que vuelvo a verla, aparece la misma emoción que se convierte en una mezcla de asombro y calma, como si el lugar tuviera la capacidad de recordarme que hay belleza que no se desgasta con el tiempo.

Pero el entorno también es parte fundamental de la experiencia porque el Sydney Harbour la abraza completamente y la acompañan el agua, los ferries, el puente, el cielo abierto.

Todo parece estar en equilibrio alrededor de ella como si la ciudad hubiera sido diseñada para que ella esté ahí.

Caminar por Circular Quay y verla aparecer entre edificios es siempre un momento especial y no importa si es de día o de noche.

De día, la luz la vuelve brillante, casi etérea y de noche, se transforma en una figura iluminada que destaca sobre el agua oscura, con reflejos que la multiplican en el puerto.

Hay algo en su forma que no se explica del todo y no es solo arquitectura.

Es símbolo, es identidad, es una imagen que pertenece tanto al lugar como a la memoria de quienes la visitan.

Y este 2026 la visita a Australia tuvo además un significado muy especial porque el sábado 13 de junio, después de más de siete años viajando a Australia, asistí por primera vez a un espectáculo dentro de la Sydney Opera House.

Y no pudo haber sido más emotivo ya que la función elegida fue «Ecos de Piazzolla: La Experiencia», un homenaje a la vida y la obra de Astor Piazzolla presentado por el Quinteto de Tango de Canberra junto al director visual Jaime Levinas.

La propuesta combinaba la extraordinaria música de Piazzolla con imágenes que acompañaban su recorrido por Buenos Aires y Nueva York, las ciudades que marcaron su vida y que inspiraron gran parte de su obra.

Escuchar composiciones tan profundamente ligadas a nuestra identidad argentina dentro de uno de los escenarios más emblemáticos del mundo fue una experiencia difícil de describir.

Mientras sonaban las primeras notas de Buenos Aires Hora Cero, imaginé esas calles porteñas que tantas veces recorrí y sentí cómo, por un instante, dos mundos que forman parte de mi historia personal parecían encontrarse en un mismo lugar.

Pero quizás lo que más me emocionó fue observar la reacción del público ya que personas de distintas nacionalidades escuchaban con atención, se dejaban llevar por la intensidad de la música y vibraban con cada interpretación.

Como argentina, sentí un profundo orgullo al ver cómo la obra de Piazzolla sigue emocionando a personas de todas partes del mundo y cómo nuestra cultura era celebrada en un escenario tan prestigioso.

Fue uno de esos momentos en los que uno comprende que la música no necesita traducciones, simplemente conecta.

Por eso ese día fue muy especial, y cada vez que estoy en la Opera de Sydney o la observo desde diferentes lugares siento lo mismo: una especie de reconocimiento silencioso como si fuera un punto fijo en medio de un mundo que cambia constantemente.

Y quizás por eso vuelve a emocionar, porque no importa cuántas veces la visite ya que siempre logra detener el tiempo por un instante.

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