En 2024, durante nuestro viaje por Perú, Pablo y yo descubrimos las Termas de Cocalmayo.
Ubicadas en el valle de Santa Teresa, no muy lejos de Machu Picchu, estas aguas termales se encuentran rodeadas por montañas cubiertas de vegetación, ríos de aguas cristalinas y un paisaje que transmite una sensación de paz difícil de describir.
A Pablo y a mí nos encantan las aguas termales y cada vez que visitamos un nuevo destino solemos investigar si existe alguna terma cercana porque sabemos que, más tarde o más temprano, terminaremos incluyéndola en nuestro recorrido.
Las hemos disfrutado en distintos lugares y paisajes pero compartimos una preferencia muy particular: nos gusta visitarlas al caer la tarde y quedarnos hasta la noche.

Hay algo mágico en sumergirse en aguas cálidas mientras el cielo se oscurece lentamente, las luces comienzan a encenderse y el entorno adquiere una atmósfera completamente diferente.
Por eso, muchas veces somos de los últimos en retirarnos y nos quedamos hasta la hora de cierre, disfrutando cada minuto, conversando, contemplando el paisaje o simplemente relajándonos en silencio.
Y precisamente eso fue lo que ocurrió en Cocalmayo: rodeados por las montañas andinas, bajo el cielo peruano y envueltos por el vapor que ascendía suavemente desde las piscinas, sentimos una vez más esa sensación que tanto buscamos cuando visitamos una terma: la de detener el tiempo por un rato y disfrutar plenamente del momento presente.

Desde el momento en que llegamos comprendimos por qué tantas personas consideran a Cocalmayo uno de los secretos mejor guardados de la región.
Las montañas se elevan imponentes alrededor de las piscinas y el sonido constante del río cercano acompaña la experiencia como una música de fondo permanente.
A diferencia de otros complejos termales más desarrollados, Cocalmayo conserva una conexión muy especial con el entorno natural.
Sus piscinas de aguas cálidas, transparentes y de distintos niveles de temperatura invitan a relajarse mientras se contempla uno de los paisajes más bellos de los Andes peruanos.
Recuerdo perfectamente la sensación de sumergirme en aquellas aguas después de recorrer tantos caminos y descubrir cómo el cuerpo comenzaba a relajarse casi de inmediato.
El contraste entre la temperatura agradable de las termas y el aire fresco de la montaña crea una experiencia única.
Pero lo que más nos impresionó ese día fue el entorno: verdes intensos, montañas cubiertas de vegetación, nubes que parecían deslizarse lentamente entre los cerros y una tranquilidad que hoy resulta cada vez más difícil de encontrar.
Durante casi todo el día simplemente disfrutamos del lugar, sin apuros, sin horarios, solo contemplando el paisaje y agradeciendo la posibilidad de estar allí.
En un mundo que muchas veces nos empuja a ir cada vez más rápido, Cocalmayo me recordó la importancia de detenerme, contemplar y simplemente disfrutar del privilegio de estar allí


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