Los parques cambian, los niños crecen y los años pasan. Pero la emoción que siento cada vez que escucho la música de Disney sigue siendo exactamente la misma.
Hay lugares que uno visita una vez y guarda en el recuerdo y hay otros que dejan una huella tan profunda que despiertan las ganas de regresar una y otra vez.
Para mí, Disney, en Orlando, es uno de esos lugares y si pudiera, volvería todos los años.
Con el paso del tiempo las excusas para viajar allí se han ido transformando. Mis hijos crecieron, mis sobrinos también y ya no resulta tan sencillo justificar una nueva visita. Sin embargo, estoy convencida de que siempre encontraré algún motivo para regresar.

Porque Disney no es solamente un parque de diversiones, es una experiencia que despierta emociones difíciles de explicar.
La primera vez que lo conocí ya era adulta y, quizás por eso, pude apreciar aún más la extraordinaria capacidad que tiene para despertar la imaginación, la alegría y la emoción en personas de cualquier edad.
La música, los personajes, los colores, los espectáculos y cada pequeño detalle parecen estar pensados para recordarnos algo que muchas veces olvidamos cuando crecemos: la importancia de conservar la capacidad de asombro.
Hay una atracción en particular que siempre me conmueve profundamente y es el clásico recorrido en bote de «It’s a Small World», ese paseo donde niños de todos los continentes cantan la misma melodía mientras representan distintas culturas del mundo.
Cada vez que lo recorro siento una emoción difícil de describir.
La música, los colores, la inocencia del mensaje y esa idea de un mundo unido en su diversidad logran tocar alguna fibra muy profunda de mi corazón.
Siempre termino ese recorrido con lágrimas en los ojos y no por tristeza, sino por la enorme emoción que me genera.
A lo largo de los años he tenido la fortuna de vivir Disney de muchas maneras diferentes.

Lo compartí con mis hijos, quienes pudieron descubrir ese universo mágico con la mirada maravillada que solo tienen los niños.
Ver sus caras al encontrarse con los personajes, subir a las atracciones o contemplar los desfiles es uno de esos recuerdos que atesoro para siempre.

También tuve la enorme alegría de recorrerlo junto a mis cuatro sobrinos y ver a cada uno de ellos viviendo la experiencia de manera distinta, según su edad y personalidad.
Poder acompañarlos durante momentos tan especiales de su infancia y adolescencia fue un regalo maravilloso que siempre agradeceré.
Y como si eso fuera poco, también tuve la oportunidad de compartir Disney con mis padres.

Verlos disfrutar de los espectáculos, caminar por Main Street, emocionarse con los fuegos artificiales o simplemente observar la felicidad de toda la familia reunida hizo que esas visitas adquirieran un significado aún más profundo.
Cuando miro las fotografías de aquellos viajes, no recuerdo únicamente los castillos, los personajes o las montañas rusas sino que también recuerdo las risas, los abrazos, las caminatas interminables, las emociones compartidas y la felicidad de haber vivido esas experiencias junto a las personas que más quiero.

Por eso sigo pensando que Disney es uno de los lugares más extraordinarios que he conocido.
No porque sea perfecto, sino porque tiene la capacidad de recordarnos que nunca somos demasiado grandes para emocionarnos, para soñar o para creer, aunque sea por unos días, que la magia existe.
Y quizás esa sea la razón por la que siempre quiero volver.


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