Sin duda que hay lugares que uno puede visitar muchas veces sin agotarlos y el Queen Victoria Building (QVB), en el centro de Sydney, es exactamente así: un espacio que se recorre, pero también se redescubre cada vez.
Cada visita tiene algo nuevo: un detalle en los vitrales, una escalera que antes no había mirado con atención, una vidriera distinta, o simplemente una luz diferente atravesando su cúpula central.
El edificio fue inaugurado en 1898 y conserva un estilo arquitectónico victoriano que lo convierte en una pieza única dentro del paisaje urbano moderno de la ciudad. Desde afuera ya destaca, pero es al entrar cuando realmente aparece su carácter.

El interior es amplio, elegante y lleno de detalles.
Su gran cúpula de vitrales colorea la luz natural que cae sobre los distintos niveles del edificio creando una atmósfera casi teatral.
Las galerías se distribuyen en varios pisos conectados por escaleras, balcones y pasillos que invitan a mirar hacia arriba y hacia los costados todo el tiempo.

El tiempo dentro del QVB parece distinto, porque claramente no hay apuro, no hay ruido del exterior y solo se advierte un ritmo pausado entre tiendas, cafés y la arquitectura que lo envuelve todo.
A lo largo de sus niveles conviven marcas, boutiques, tiendas de diseño y espacios gastronómicos, pero lo que realmente lo define no es lo comercial, sino su estética.

Es un lugar donde la arquitectura es la protagonista y donde cada rincón tiene ornamentación, historia y una intención visual clara de otra época.
Fui varias veces y aun así siempre se siente como la primera, porque el QVB cambia con la luz, con la hora del día y con la mirada de quien lo recorre.

A veces parece más dorado, otras más profundo ó más silencioso.
Y eso lo vuelve especial porque no es un edificio que se agota en una sola experiencia, sino que es un espacio que se revela en capas.
También su ubicación, en pleno centro de Sydney, lo convierte en un punto de conexión entre lo histórico y lo contemporáneo, ya que afuera la ciudad se mueve rápido y adentro, todo se desacelera.

Es ese contraste lo que lo hace memorable.
Salir del QVB es volver al ritmo urbano, pero con la sensación de haber estado en otro tiempo por unos minutos.


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