Génova es una ciudad que no se entrega de inmediato, sino que se descubre por partes.
He estado ahí en más de una oportunidad pero siempre me hace sentir que estoy en un lugar donde el mar y la historia se entrelazan de forma natural, sin necesidad de grandes presentaciones.
La ciudad tiene una personalidad fuerte.
Su puerto, uno de los más importantes del Mediterráneo, marca su identidad desde siempre y allí el movimiento es constante, con barcos, actividad marítima y una relación profunda con el mar que define gran parte de su carácter.
Pero el verdadero corazón de Génova está en su casco histórico ya que realmente es un laberinto de callejones estrechos, conocidos como caruggi, donde la ciudad se vuelve íntima, vertical y casi secreta.

Caminar por allí es perderse en un entramado de piedras, sombras, pequeñas plazas y balcones que aparecen de repente entre pasajes angostos.

Cada rincón parece contar una historia distinta.
Iglesias antiguas, fachadas desgastadas por el tiempo, tiendas pequeñas y aromas de comida italiana que emergen sin aviso.
La experiencia es muy sensorial ya que puede escucharse la ciudad antes de verla completamente: el eco de los pasos, las voces, la vida que transcurre detrás de muros antiguos.

El contraste aparece cuando se sale hacia la zona del puerto moderno o hacia la Piazza De Ferrari, donde la arquitectura cambia y la ciudad muestra otra cara más amplia, con fuentes, edificios imponentes y espacios abiertos.
Génova también tiene una relación especial con su posición frente al mar y desde distintos puntos se pueden ver vistas del Mediterráneo, con una luz que cambia a lo largo del día y que aporta una atmósfera particular, dejando en mí una impresión profunda de esa bellísima ciudad.


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