Cuando se tiene ganas de compartir tiempo de calidad con los afectos se busca cualquier excusa y no se requiere demasiada planificación.
Así fue nuestra escapada a Colonia del Sacramento junto a mi hermana y mi hija Madelyn. Un viaje corto, de apenas dos días, cruzando el Río de la Plata desde Buenos Aires en Buquebús, pero que terminó regalándonos recuerdos que todavía conservamos con mucho cariño.
Desde el momento en que el barco comenzó a acercarse a la costa uruguaya apareció ante nosotras una ciudad diferente. Tranquila, acogedora y con un encanto difícil de describir.
Colonia tiene algo especial, y quizás sea la combinación de historia, naturaleza y calma que se percibe apenas uno pone un pie en sus calles.

El casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, parece detenido en el tiempo. Sus famosas calles empedradas invitan a caminar sin apuro, observando cada detalle.
Las antiguas construcciones coloniales, los faroles, las puertas de madera y las fachadas cubiertas de enredaderas crean una atmósfera única que invita a perderse y disfrutar.
Recorrimos la ciudad a pie durante horas y cada rincón parecía una postal.
La emblemática Calle de los Suspiros, una de las más fotografiadas de Uruguay, nos transportó a otra época.
Caminamos junto a las murallas, visitamos pequeñas plazas, nos sentamos a contemplar el río y disfrutamos de la tranquilidad que caracteriza a Colonia del Sacramento.

Uno de los aspectos que más recuerdo de aquel viaje fue la calidez de la gente, siempre dispuestos a orientar al visitante, a recomendar un restaurante o simplemente a intercambiar unas palabras amables. Esa cordialidad hace que uno se sienta cómodo desde el primer momento.
Y, por supuesto, la gastronomía también ocupó un lugar importante en nuestra escapada con almuerzos tranquilos frente al río, cafés compartidos durante la tarde y largas conversaciones que se extendían mientras disfrutábamos de la cocina local.
Al caer la tarde, la ciudad adquirió una belleza aún más especial.
La luz dorada del sol reflejándose sobre el Río de la Plata creaba paisajes inolvidables y eso hizo que varias veces nos detuviéramos para contemplar el horizonte y disfrutar del privilegio de estar allí, juntas, compartiendo esos momentos.
Lo que más atesoro de aquel fin de semana no son solamente las fotografías ni los lugares que conocimos, sino el tiempo compartido.


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