Durante mi estadía en Australia tuve la oportunidad de disfrutar de Vivid Sydney 2026, uno de los eventos más extraordinarios que he presenciado y que, año tras año, continúa sorprendiéndome.
Definir Vivid únicamente como un festival de luces sería injusto. Es una experiencia inmersiva donde la tecnología, el arte, la música y la creatividad transforman por completo la ciudad de Sídney. Durante varias semanas, edificios emblemáticos, parques, calles, plazas y espacios públicos se convierten en escenarios vivos donde la imaginación parece no tener límites.
La icónica Opera House, el puerto, Circular Quay, The Rocks, Darling Harbour y numerosos espacios de la ciudad se iluminan con proyecciones monumentales, instalaciones interactivas y espectáculos visuales que atraen a miles de personas cada noche.
Sin embargo, lo que más me impacta de Vivid no son solamente las increíbles puestas en escena, la innovación tecnológica o la calidad artística de cada instalación.
Lo que realmente me conmueve es la gente.

Miles y miles de personas recorren simultáneamente los distintos circuitos. Familias, jóvenes, adultos mayores, turistas y residentes comparten los mismos espacios durante horas.
Es allí donde aparece una de las características más admirables de Australia y Sydney es una ciudad profundamente cosmopolita.
En una caminata habitual uno puede encontrarse con personas provenientes de todas partes del mundo. Diferentes culturas, religiones, idiomas y costumbres conviven naturalmente. Muchas veces la diversidad se percibe únicamente por las vestimentas tradicionales, los rasgos físicos o los distintos idiomas que se escuchan a nuestro alrededor.

Durante Vivid esa diversidad se vuelve aún más visible, ya que personas de orígenes completamente distintos disfrutan de los mismos espectáculos, recorren los mismos senderos y comparten los mismos espacios públicos con una armonía admirable.
Y quizás allí reside la verdadera magia del evento, ya que a pesar de la enorme cantidad de asistentes, no hay empujones, no hay gritos, no hay conflictos.
Las personas hacen pacientemente sus filas para comprar comida o acceder a una atracción. Esperan su turno. Respetan los espacios comunes. Permiten que todos puedan apreciar los espectáculos.
Existe una consideración permanente hacia el otro.
Algo tan simple y a la vez tan valioso.

Otro aspecto que siempre llama mi atención es el cuidado del espacio público, ya que los parques y áreas verdes se convierten durante esos días en verdaderos livings al aire libre.
Familias enteras se sientan sobre el césped para compartir una cena, conversar, reírse o simplemente contemplar las luces que iluminan la noche.
Grupos de amigos disfrutan de la música, niños juegan cerca de sus padres y miles de personas ocupan los espacios comunes sin que eso implique suciedad o deterioro.
Nadie arroja basura al suelo, todo permanece limpio y ordenado y la convivencia parece fluir naturalmente.
Mientras observo esas escenas pienso que Vivid Sydney no solo muestra el potencial de la tecnología y el arte, sino que también muestra algo mucho más importante: una forma de convivencia basada en el respeto mutuo.

Conversando hace unos días con mi hijo acerca de la organización de Vivid Sydney y de la magnitud de los recursos que demanda un evento de estas características, me hizo notar algo que quizás muchas veces quienes asistimos como espectadores no alcanzamos a dimensionar.
Vivid no es simplemente un festival local ni una celebración pensada únicamente para los habitantes de Sídney. Se trata de un acontecimiento de alcance internacional que se extiende durante varias semanas y que atrae a millones de visitantes provenientes de distintas regiones de Australia y de numerosos países del mundo.
Detrás de cada instalación artística, de cada proyección sobre los edificios y de cada espectáculo existe una planificación enorme que involucra a organismos públicos, empresas, artistas, técnicos, diseñadores y profesionales de múltiples disciplinas.

Pero además existe un impacto económico significativo. Los hoteles reciben visitantes de todo el mundo, los restaurantes trabajan a plena capacidad, los comercios incrementan sus ventas y la ciudad adquiere una visibilidad internacional extraordinaria a través de medios de comunicación, redes sociales y publicaciones especializadas.
Mientras caminaba entre las multitudes observando las luces reflejadas sobre el puerto, comprendí mejor lo que mi hijo intentaba explicarme: Vivid no es solamente una celebración cultural. Es también una poderosa herramienta de promoción turística, desarrollo económico y posicionamiento internacional para Sídney.
Quizás por eso Australia apuesta año tras año a este tipo de iniciativas. Porque entiende que la cultura, el arte y la creatividad no solo enriquecen la vida de las personas, sino que también generan movimiento económico, fortalecen la identidad de una ciudad y proyectan su imagen al mundo entero.
Por eso que haber estado en este año 2026 para participar de Vivid ha sido una maravilla para mí, por las luces, por la creatividad, pero sobre todo porque me permitió observar cómo miles de personas pueden compartir un mismo espacio celebrando las diferencias, respetando al otro y disfrutando de la ciudad como si fuera el hogar de todos.
Y quizás esa sea la luz más hermosa que Vivid Sydney tiene para ofrecer.


Deja un comentario