La primera vez que fuimos a Las Vegas no nació de una publicidad, una película o una recomendación turística, sino que nació de las historias de nuestros hijos.
Un tiempo antes, Madelyn y Tomás habían viajado a Estados Unidos para participar de un intercambio estudiantil en Santa Bárbara. Aunque todavía eran muy jóvenes -Madelyn tenía apenas 16 años y Tomás 12- tuvieron la oportunidad de realizar una excursión a Las Vegas.
Cuando regresaron, nos hablaron de aquella ciudad con un entusiasmo difícil de describir.
Nos contaban sobre hoteles gigantescos, espectáculos increíbles, fuentes que parecían bailar al ritmo de la música, calles llenas de luces y edificios que parecían sacados de distintos lugares del mundo.
Pablo y yo escuchábamos fascinados y nos sorprendía que nuestros hijos hubieran quedado tan impresionados por un lugar tan distinto a todo lo que conocíamos.
Tanto nos transmitieron su entusiasmo que al año siguiente decidimos comprobar por nosotros mismos si Las Vegas era realmente tan extraordinaria como ellos la describían, y así fue como emprendimos nuestro viaje los cuatro juntos.
Todavía recuerdo la sensación de llegar por primera vez, todo parecía enorme.

Los hoteles no eran simplemente hoteles; eran verdaderos mundos construidos dentro de una ciudad y cada uno tenía su propia temática, su arquitectura, sus espectáculos y su personalidad.
Todavía conservo intacto el recuerdo de nuestra llegada.
El vuelo había sido largo y cuando finalmente arribamos al hotel ya era cerca de la medianoche. Estábamos cansados, pero también llenos de expectativa después de escuchar durante tanto tiempo las historias que Madelyn y Tomás nos habían contado sobre Las Vegas.
Cuando ingresamos al hotel y subimos hasta nuestra habitación en uno de los pisos más altos -creo que era el piso 34- ocurrió algo que nunca olvidaré. Nos acercamos a las ventanas y allí estaba Las Vegas completamente iluminada.
Miles de luces extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, hoteles gigantescos brillando en medio del desierto y una energía que parecía imposible de describir.
Nos quedamos varios minutos observando en silencio y ese espectáculo era mucho más impresionante de lo que habíamos imaginado.
El cansancio del viaje comenzaba a sentirse pero mientras contemplaba aquella vista le dije a Madelyn que no podíamos permitirnos perder ni una sola noche en una ciudad como esa.
Pablo y Tomás estaban agotados y decidieron quedarse descansando en la habitación del hotel Planet Hollywood, en cambio, Madelyn y yo decidimos salir a caminar.

Y así fue como tuve mi primer encuentro con la famosa Strip que a esa hora de la noche seguía tan viva como si recién comenzara el día.
La Strip es la gran avenida de Las Vegas, una sucesión casi interminable de hoteles temáticos, casinos, espectáculos, restaurantes, tiendas y luces de todos los colores imaginables. Caminar por allí es sentirse dentro de una película.
Cada hotel parecía competir con el siguiente para sorprender aún más al visitante. Pirámides egipcias, canales inspirados en Venecia, castillos, fuentes monumentales y edificios que parecían desafiar toda lógica arquitectónica se sucedían uno tras otro.
Las personas caminaban por todas partes, los espectáculos callejeros aparecían inesperadamente y la ciudad transmitía una sensación permanente de movimiento y entusiasmo.
Madelyn y yo recorrimos varias cuadras completamente fascinadas y recuerdo que repetíamos una y otra vez «no puedo creerlo».

Al regresar al hotel, ya de madrugada, comprendimos que Las Vegas era exactamente lo que nuestros hijos nos habían prometido y quizás incluso más.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, Pablo y Tomás escuchaban entre risas el relato de nuestra aventura nocturna. Nosotros intentábamos describirles todo lo que habíamos visto, aunque en realidad sabíamos que era imposible transmitirlo completamente con palabras.
Pero esa misma mañana salimos los cuatro a recorrerla de otra manera, de día.
Uno de los recuerdos más vívidos que conservo son aquellos espacios interiores donde el cielo estaba recreado artificialmente. Las nubes, la luz y los colores eran tan reales que por momentos costaba creer que uno seguía dentro de un edificio.
Era como caminar por una ciudad dentro de otra ciudad.
También quedamos maravillados con las galerías comerciales, los espectáculos callejeros y la capacidad que tiene Las Vegas para convertir cualquier paseo en una experiencia.
Durante los días siguientes continuamos explorando la ciudad y descubriendo atracciones que hasta ese momento solo habíamos visto en películas o revistas.
Uno de los lugares que más disfrutamos fue el famoso Museo de Cera. Ver de cerca las figuras de artistas, actores, deportistas y personajes históricos resultaba sorprendente por el nivel de detalle y realismo. Los chicos se divertían posando para las fotografías junto a sus celebridades favoritas, mientras nosotros también nos dejábamos llevar por el juego de intentar distinguir dónde terminaba la figura y dónde comenzaba la realidad.

Otro sitio que nos impresionó fue la famosa calle techada de Fremont Street, en el corazón del antiguo Las Vegas.
A diferencia de la moderna Strip, Fremont conserva parte de la historia de la ciudad. Lo que más nos llamó la atención fue su gigantesca bóveda iluminada que cubre varias cuadras. Sobre nuestras cabezas se desplegaban espectáculos de luces, música e imágenes que transformaban el techo en una enorme pantalla digital.
Caminar por allí era una experiencia completamente diferente, compartida con turistas de todas partes del mundo en una atmósfera festiva permanente que hacía que cada rincón tuviera algo para descubrir.
Recuerdo que nos detuvimos varias veces simplemente para observar los espectáculos luminosos que recorrían todo el techo. En aquel momento nos parecía algo futurista y difícil de imaginar en cualquier otra ciudad.

Y por supuesto estaban las famosas fuentes del Bellagio. Verlas por primera vez fue inolvidable.
El agua parecía danzar al ritmo de la música con una precisión perfecta. Nos quedamos observándolas largo rato, compartiendo ese asombro que solo generan algunos lugares muy especiales.
Pero más allá de las luces y de la espectacularidad, lo que más disfruté fue vivir aquella experiencia junto a Pablo, Madelyn y Tomás.
Ellos se habían convertido, de alguna manera, en nuestros guías.
Ahora éramos nosotros quienes descubríamos en persona todo aquello que ellos nos habían contado con tanta emoción meses antes, y tenían razón.
Las Vegas era incluso más impresionante de lo que habíamos imaginado.
Con el paso de los años tuvimos la suerte de regresar en varias oportunidades y cada visita nos permitió descubrir nuevos espectáculos, nuevos hoteles y nuevas experiencias.
Sin embargo, ninguna se compara con aquella primera vez porque fue la ciudad que conocimos a través de los ojos de nuestros hijos.
Las Vegas suele asociarse con los casinos, el lujo y los grandes espectáculos, pero la realidad es que para mí no sólo es eso y se ha convertido en uno de esos destinos a los que siempre dan ganas de volver.

Si vas
Las Vegas, Nevada, Estados Unidos.
Imperdibles:
• Las fuentes del Bellagio.
• Recorrer el Strip de día y de noche.
• Los hoteles temáticos y sus atracciones.
• Fremont Street Experience.
• Los grandes espectáculos musicales y de magia.
• Las galerías comerciales y espacios recreados como ciudades interiores.
Recomendación: caminar sin apuro. En Las Vegas muchas de las sorpresas aparecen simplemente recorriendo sus hoteles y dejándose sorprender por los detalles.
Porque Las Vegas no es solo una ciudad. Es un espectáculo permanente que demuestra que la imaginación humana puede construir lugares verdaderamente increíbles.

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