Un día diferente en el Zoológico de Luján: recuerdos de una experiencia que ya no existe

En 2006 compartimos una salida inolvidable junto a un grupo de amigos y nuestras familias. El destino fue el famoso Zoológico de Luján, un lugar que por aquellos años era conocido en toda la Argentina e incluso en otros países por una característica que lo hacía único: la posibilidad de interactuar directamente con muchos de sus animales.

Recuerdo que desde el momento en que llegamos sentimos que estábamos entrando en un sitio muy distinto a cualquier zoológico que hubiéramos visitado antes.

Todo parecía desarrollarse con una naturalidad sorprendente.

Nuestros hijos tuvieron la oportunidad de pasear en camello y también en elefante, experiencias que para ellos fueron absolutamente fascinantes. Sus caras de emoción todavía permanecen vivas en mi memoria.

Yo, por mi parte, viví una situación tan divertida como inesperada cuando pude sostener en brazos a varios monos. Se acercaban con enorme curiosidad, me tocaban el cabello, me despeinaban y parecían observar cada detalle con una inteligencia asombrosa. Entre risas y fotografías, aquellos pequeños encuentros quedaron grabados para siempre en nuestros recuerdos.

Pero quizás lo que más llamaba la atención del Zoológico de Luján era la posibilidad de ingresar a recintos donde se encontraban animales que normalmente observamos a distancia.

Entramos en espacios donde había leones, pumas y otros grandes felinos. Hoy resulta difícil imaginarlo, pero en aquel momento miles de visitantes participaban de estas experiencias y se fotografiaban junto a animales considerados salvajes.

La sensación era extraña y fascinante al mismo tiempo.

Por un lado, existía el asombro de encontrarse tan cerca de especies que uno suele ver únicamente en documentales o detrás de grandes barreras de seguridad. Por otro, todo parecía transcurrir con una tranquilidad que generaba confianza en quienes visitábamos el lugar.

Más allá de la experiencia con los animales, aquel día también fue especial por la compañía. Compartimos la visita con amigos, disfrutamos de conversaciones, anécdotas y momentos que hicieron que la jornada fuera mucho más que una simple excursión.

Con el paso de los años, sin embargo, comenzaron a surgir cuestionamientos cada vez más profundos sobre las condiciones en las que se mantenían algunos animales y sobre la conveniencia de permitir un contacto tan cercano entre personas y fauna silvestre.

Las nuevas corrientes vinculadas al bienestar animal impulsaron una mirada diferente sobre este tipo de establecimientos. Diversas organizaciones, especialistas y organismos públicos cuestionaron las prácticas que habían hecho famoso al zoológico, especialmente la interacción directa con grandes felinos y otras especies exóticas.

Finalmente, el Zoológico de Luján fue cerrado en forma definitiva y entre las razones se citaron denuncias relacionadas con presuntas irregularidades en el manejo de fauna, incumplimientos normativos, falta de adecuación a nuevas exigencias de bienestar animal y la ausencia de un plan de reconversión acorde a los criterios actuales de protección de especies.

Hoy, al recordar aquella visita, vuelven a mi memoria las sonrisas de nuestros hijos, la sorpresa de estar tan cerca de animales extraordinarios y la alegría de haber compartido esa experiencia con amigos.

Fue una forma de conocer la fauna que perteneció a otra época y a otra manera de entender la relación entre las personas y los animales.

Más allá de los debates que surgieron después y de las razones que llevaron a su cierre, el Zoológico de Luján quedó como parte de nuestros recuerdos de viaje, como uno de esos lugares que marcaron una etapa y que hoy ya forman parte de la historia.

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