Uruguay en motorhome: quince días de rutas, termas y encuentros inolvidables

La aventura comenzó mucho antes de recorrer las rutas uruguayas.

Comenzó en Buenos Aires, cuando embarcamos nuestro motorhome en el ferry que cruza el Río de la Plata rumbo a Colonia del Sacramento. Ver cómo el vehículo que sería nuestro hogar durante las siguientes dos semanas ingresaba al barco ya formaba parte de la experiencia.

Mientras nos alejábamos de la costa argentina, sentíamos esa mezcla de expectativa y libertad que suele acompañar el inicio de los mejores viajes.

Unas horas después llegábamos a Colonia del Sacramento, una de las ciudades más encantadoras del país. Sus calles empedradas, sus antiguas construcciones y los atardeceres sobre el Río de la Plata crean una atmósfera que parece suspendida en el tiempo. Caminar por su barrio histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es recorrer siglos de historia en un entorno de una belleza serena.

Colonia del Sacramento es una de las puertas de entrada a Uruguay y fue el punto de partida de un recorrido de quince días que nos llevaría a descubrir ciudades históricas, termas, pueblos costeros y algunos de los paisajes más tranquilos de Sudamérica.

Aunque Uruguay es un país relativamente pequeño en extensión, ofrece una enorme diversidad de experiencias. Y recorrerlo en motorhome permite descubrirlo a otro ritmo, sin horarios rígidos ni itinerarios estrictos, dejando que cada día encuentre naturalmente su propio camino.

Nuestro recorrido comenzó por el oeste del país, siguiendo la región que acompaña la frontera con Argentina. Allí aparecen extensos campos, pequeñas localidades y ciudades donde la vida parece transcurrir con una serenidad que invita a bajar el ritmo desde el primer momento.

Uno de los grandes placeres del viaje fueron las termas del litoral, dado que Pablo y yo disfrutamos mucho de las piscinas de aguas termales.

Las Termas de Daymán y las Termas de Chapicuy nos regalaron jornadas de descanso absoluto. Rodeadas de naturaleza, sus aguas cálidas ofrecen una pausa perfecta para quienes recorren largas distancias. En esa zona del país encontramos un Uruguay más rural, más verde y profundamente acogedor.

Luego de manejar muchos kilómetros llegamos a la Frontera de la Paz, conformada por las ciudades gemelas de Rivera (Uruguay) y Santana do Livramento (Brasil), que están conectadas de forma directa y separadas por una línea imaginaria o mojones en plena calle. 

También conocimos Chuy o Chui, otra de las ciudades fronterizas más importantes ubicada en el extremo este, donde la famosa avenida principal divide ambos países (Uruguay a un lado y Brasil al otro). 

El viaje siguió luego hacia la costa atlántica y sus paisajes increíbles a pesar de las condiciones climáticas que no eran las mejores, considerando que estábamos en el mes de agosto.

Y a pesar que hacía mucho frío y llovía pensamos que al mal tiempo buena cara y así fue que nos sentimos felices de llegar a Punta del Este, donde disfrutamos de la vista de sus amplias playas, sus esculturas frente al mar y su ambiente cosmopolita. Más al este descubrimos lugares como José Ignacio, Atlántida, Rocha y La Paloma, donde el océano se muestra más salvaje y natural, lejos del ritmo de las grandes ciudades.

Sin embargo, si algo quedó grabado en nuestra memoria por encima de los paisajes, fue la gente.

Los uruguayos nos hicieron sentir en casa desde el primer día. En cada pueblo encontramos una amabilidad genuina, conversaciones espontáneas y una disposición permanente para ayudar o recomendar un lugar especial. No fue una cordialidad forzada; fue una hospitalidad sencilla y auténtica que apareció una y otra vez a lo largo del recorrido.

Viajar en motorhome nos permitió disfrutar plenamente de esa cercanía. Dormimos junto al mar, despertamos frente a paisajes rurales y tuvimos la libertad de modificar el recorrido cuando surgía un lugar que merecía una parada más larga.

Con el paso de los días entendimos que el verdadero encanto de Uruguay no está en los grandes monumentos ni en los atractivos espectaculares. Está en sus pequeños pueblos, en sus atardeceres tranquilos, en sus rutas serenas y, sobre todo, en la calidad humana de quienes lo habitan.

Quince días después, emprendimos el regreso. Volvimos a cruzar el Río de la Plata en ferry, esta vez rumbo a Buenos Aires.

Mientras observábamos alejarse la costa uruguaya sentimos que Uruguay es mucho más que un destino turístico.

Deja un comentario