
Hay decisiones que parecen pequeñas cuando se toman, pero que terminan cambiando muchas cosas.
En nuestro caso, una de ellas ocurrió en el año 2005, cuando Pablo y yo decidimos hacer algo que hasta ese momento nos parecía reservado para otras personas: viajar en crucero.
Por aquellos años comenzaban a llegar con más frecuencia las grandes líneas de cruceros a la Argentina. Yo los veía en revistas, en programas de televisión y en documentales. Parecían formar parte de un mundo lejano, exclusivo, casi inaccesible para una familia común como la nuestra.
Los cruceros estaban asociados al lujo, a celebridades y a viajeros con grandes fortunas, sin embargo, un día decidí averiguar y pedí un presupuesto.
Y para mi sorpresa descubrí que con esfuerzo y planificación era algo que podíamos hacer.
Recuerdo perfectamente aquella conversación con Pablo ya que nos miramos y dijimos «¿Y por qué no?»
No teníamos experiencia en cruceros.
No conocíamos a nadie que hubiera viajado de esa manera.
No sabíamos exactamente qué nos esperaba.
Pero sí sabíamos algo: si no lo intentábamos, nunca lo descubriríamos.

Así fue como emprendimos nuestro primer viaje en crucero junto a nuestros hijos, Madelyn y Tomás. Para nosotros era toda una aventura.
Como era habitual en nuestras vidas compartimos la idea con familiares y amigos. Nos encantaba viajar acompañados y disfrutar las experiencias en grupo.
Pero la reacción fue bastante curiosa, ya que muchos pensaban que estábamos exagerando.
Otros creían que era algo imposible para personas como nosotros.
Algunos incluso nos miraban como si estuviéramos un poco locos.
La idea de pasar vacaciones en un crucero parecía estar muy lejos de la realidad de la mayoría de la gente y uno de los planteos radicaba en que la ropa que se usaba en esos lugares tenía que ser de lujo y costosa.

Y sin embargo, decidimos seguir adelante.
Todavía recuerdo la emoción del momento en que subimos al barco.
Todo era nuevo. Todo nos sorprendía.
Los restaurantes, los espectáculos, las cubiertas, las piscinas, el movimiento constante del mar y esa sensación maravillosa de despertarse cada mañana en un lugar diferente.
Aún recuerdo ese brindis en el camarote con Pablo y los chicos celebrando el momento, a pesar que en esa oportunidad habíamos contratado un camarote de los más económicos, sin ventana.

Pero hubo algo que me llamó especialmente la atención una vez que estuvimos a bordo del crucero.
Descubrí que las personas que viajaban allí eran exactamente como nosotros.
Familias, parejas, amigos, personas comunes que simplemente habían decidido vivir una experiencia diferente.
No existía esa distancia social que muchos imaginaban desde afuera.
No había un mundo reservado para unos pocos.
Había gente disfrutando, compartiendo y viviendo momentos felices.

Y entonces comprendí que muchas veces los límites no están en la realidad, sino en las ideas que construimos sobre ella.
Durante esos días disfrutamos cada momento pero hubiese querido que nuestras familias estuvieran allí para compartir lo que estábamos viviendo.
Cuando regresamos a casa no dejamos de hablar de la experiencia.
Mostrábamos fotografías, contábamos anécdotas y describíamos los lugares que habíamos conocido y la vida a bordo.
Y poco a poco ocurrió algo inesperado, aquellas personas que inicialmente habían pensado que estábamos locos comenzaron a entusiasmarse.
Empezaron a preguntar, a interesarse, a imaginarse viviendo algo parecido.
Y al año siguiente logramos lo que habíamos deseado desde el principio: compartir el viaje con amigos y familiares.

La experiencia fue todavía más especial.
Las excursiones, las cenas, las risas, las historias compartidas.
Todo adquirió otra dimensión cuando pudimos vivirlo junto a los afectos.
Con el tiempo siguieron llegando nuevos viajes, nuevos cruceros y nuevas aventuras.
Pero cada vez que miro hacia atrás, vuelvo a aquel primer paso.
Porque si no nos hubiéramos animado a pedir aquel presupuesto.
Si no hubiéramos vencido nuestros propios prejuicios.
Si hubiéramos escuchado únicamente a quienes pensaban que era imposible, tal vez nunca habríamos descubierto una de las formas de viajar que más satisfacciones nos dio a lo largo de los años.
Por eso creo que este recuerdo no habla solamente de un crucero.
Habla de algo mucho más importante, habla de la importancia de animarse.
De intentar, de explorar, de no dejar que los miedos o las ideas preconcebidas decidan por nosotros.
Porque a veces las mejores experiencias de la vida comienzan exactamente así, con una simple pregunta: «¿Y por qué no?»


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